La ingeniería debe ganar la guerra contra la ineficiencia
A principios de abril de 2026, el anuncio de una tregua de 14 días entre Estados Unidos e Irán, mediada por Pakistán, provocó un desplome abrupto en los precios del crudo. El mercado, que venía descontando un escenario de disrupción logística masiva en el Estrecho de Ormuz, se relajó hasta el próximo cimbronazo. Esta situación mundial de tensión e incertidumbre es lógica ya que, por esta vía estratégica y en condiciones normales, circula cerca del 20% del comercio mundial de petróleo y gas. A la fecha, la incertidumbre a la sombra de este tema sigue vigente
Esta volatilidad estructural del mercado energético mundial se suma a numerosos episodios ocurridos, con mayor o menor intensidad, en el pasado cercano, y nuevamente revela que la dependencia energética externa constituye una debilidad para cualquier esquema productivo, nacional, provincial o particular.
Si bien el ecosistema productivo y logístico de Argentina ha sufrido las consecuencias de este nuevo episodio global, una mirada retrospectiva expone que, en mayor o menor medida, siempre ha quedado sometido a esta clase de vulnerabilidad. A ello se suma la debilidad estructural de nuestra moneda nacional frente a cualquier moneda extranjera, por ausencia de una política económica de largo plazo. Así, cada variación del dólar y cada crisis petrolera actúan como un espejo que refleja nuestro bajo margen de maniobra ante contextos globales adversos. Lo bueno es que ello no es una cuestión de un aciago destino, sino un problema de ineficiencia operativa estructural que es posible resolver .
Expresado de otro modo, en este escenario global tan complejo y, con el optimismo de tener un año 2026 con récords de producción en Vaca Muerta, estamos obligados a hacer un examen de conciencia a partir de nuestra Intensidad Energética para evaluar de manera objetiva cuánta energía necesitamos quemar, transformar y consumir para generar cada dólar de nuestro Producto Bruto Interno (PBI).

Distribución del consumo energético total por sectores (Argentina)
Fuente: https://www.iea.org/countries/argentina/efficiency-demand
Según los registros históricos consolidados por la Agencia Internacional de Energía (AIE) y el Banco Mundial, las economías optimizadas de la OCDE han logrado un manejo operativo óptimo, logrando un crecimiento de sus PBI con consumos de energía similares o menores que tiempo atrás mediante la eficiencia energética. En contraste, nuestra región históricamente requiere entre un 25% y un 35% más de energía para producir exactamente la misma unidad de riqueza que un país industrializado eficient
En resumidas cuentas, por cada unidad de producto bruto que generamos consumimos, comparativamente, más energía que nuestros competidores directos. Sobre esta ineficiencia que atenta contra nuestra productividad, debemos actuar de manera inmediata.
INFRAESTRUCTURA Y TRANSPORTE COMO REFUGIO ESTRATÉGICO
Para salir de este escenario global incierto, debemos rediseñar gran parte de nuestros procesos productivos bajo la premisa del máximo rendimiento y la eficiencia. En este contexto, nuestra red de transporte y su infraestructura constituyen un aspecto estratégico fundamental para el análisis, especialmente si se considera que cerca de un tercio del consumo total de energía del país corresponde a este sector. Por ejemplo, un ferrocarril de cargas operando a baja capacidad sobre vías deficientes, o un parque automotor pesado con motores obsoletos, anulan cualquier ventaja competitiva que nos brinde una gran fuente de energía con elevados niveles de producción en nuestro extenso territorio.
El transporte multimodal es el sistema básico que exige cualquier economía moderna eficiente para sobrevivir y comerciar. En un esquema logístico inteligente, el camión y el ferrocarril no compiten, se integran. El tren asume los grandes volúmenes a distancias continentales en regiones extensas como la nuestra. Luego, el camión garantiza la llegada puerta a puerta en el último kilómetro (conocida también como última milla), reduciendo drásticamente la huella de carbono y desplomando los costos por tonelada-kilómetro.
En Argentina, la falta crónica de inversión estructural ha convertido la logística nacional en una carrera de obstáculos. Obligamos al parque automotor pesado a transitar sobre una red vial obsoleta y colapsada, donde rutas nacionales estratégicas han quedado degradadas a la triste categoría de caminos vecinales por falta de inversión y por no diseñar una política de mantenimiento hasta disponer de nueva financiación para obra pública.
Esta falta de visión en materia de inversión pública y privada condena nuestra competitividad. De nada sirve alcanzar niveles de producción de primer mundo si luego la carga se estanca en nudos logísticos interminables, sumando horas muertas, quemando combustible en vano y destruyendo ejes sobre pavimentos vencidos.
En otro orden, la eficiencia energética masiva exige una revisión drástica de nuestra movilidad urbana. Un sistema de transporte público predecible, electrificado o mixto, y de alta frecuencia, no es una comodidad ciudadana, sino una herramienta clave para reducir la presión sobre nuestra matriz energética nacional. Cuando la formalidad del transporte no se respeta (horarios, calidad, frecuencia) el sistema deriva en ineficiente y el ciudadano se ve forzado a recurrir al transporte individual, saturando infraestructuras viales y generando tiempos muertos de combustión ociosa en embotellamientos interminables. Esto se vio con claridad durante el mes de abril de 2026, fuertemente marcado por el conflicto del transporte público con un abanico de temas simultáneos sin resolver como subsidios, costos operativos y, lógicamente, el aumento del combustible con foco en el conflicto bélico en Medio Oriente.
REPENSAR EL FUTURO
La inestabilidad geopolítica internacional y la volatilidad recurrente del mercado energético mundial han dejado en evidencia, una vez más, que nuestra vulnerabilidad no responde únicamente a factores externos, sino también a décadas de postergación en materia de estabilidad económica, planificación de infraestructura y modernización tecnológica. Cada hora perdida en logística, cada vehículo detenido en congestión y cada tonelada transportada en condiciones ineficientes representan energía desperdiciada y costos ocultos que terminan afectando la productividad nacional.
En este contexto, la inversión sostenida en infraestructura estratégica, transporte multimodal, modernización industrial y eficiencia energética deja de ser una opción para convertirse en una necesidad estructural. La ingeniería debe ganar la guerra contra la ineficiencia para reducir la vulnerabilidad del país frente a los ciclos externos y construir un sistema productivo resiliente, eficiente y competitivo.