La importancia de las palabras

02.09.2026

En vista de los numerosos eventos sísmicos alrededor del mundo, el Colegio de Ingenieros de Jujuy salió a explicar con gran precisión una serie de cuestiones muy importantes respecto de la cultura sísmica. Sin embargo, hay algo mucho más profundo que excede la técnica de la ingeniería estructural y es la cultura colectiva en su relación con el ambiente natural que habitamos. Tiene mucho más que ver con el lenguaje y las palabras que con la profesión.

Empecemos por decir que no es posible hablar de una obra "anti-algo" sin detenernos a pensar qué estamos diciendo. Una obra "anti-inundación", "antisísmica" o "antideslizamiento" parece, a primera vista, una expresión sencilla y hasta conveniente. Sin embargo, detrás de esas palabras puede esconderse la concepción equivocada de que la ingeniería puede enfrentar a la naturaleza y derrotarla. Y eso, además de ser técnicamente inviable, sería antinatural.

EL PREFIJO "ANTI" NO IMPLICA SEGURIDAD

Los fenómenos naturales existen mucho antes que la humanidad misma y sus obras de infraestructura. Las lluvias no ocurren para inundar una ciudad ni la tierra tiembla para derribar una construcción. Son procesos naturales que responden a leyes físicas que no dependen de nuestra voluntad.

Por eso, quizás sea más apropiado hablar de que la ingeniería, con todo su bagaje científico, desarrolla obras para la prevención y reducción del riesgo, diseñadas a partir del conocimiento de los fenómenos naturales y de sus posibles consecuencias sobre la sociedad. La diferencia no es solamente semántica. Las palabras expresan conceptos que condicionan la manera en que pensamos, planificamos y actuamos.

Una situación excepcional como la de la frontera Nepal-China supera cualquier hipótesis de diseño razonable. Sin embargo, una urbanización con sectores inundables ocupados forma parte de un sistema de drenaje muy difícil de resolver, generando permanentes problemas a lo largo de la vida del barrio. No entender estos fenómenos de entrada, resulta difícil y costoso de solucionar con obras del tipo "anti".

Lo mismo ocurre frente a los terremotos. No existen edificios "antisismicos" en un sentido absoluto y de hecho esa expresión brinda una cuestionable sensación de seguridad. Existen estructuras diseñadas de acuerdo con criterios sismorresistentes, capaces de responder de determinada manera frente a movimientos del terreno considerados en las normas de diseño.

El objetivo de la ingeniería estructural es lograr que la estructura tenga un comportamiento compatible con los niveles de seguridad establecidos, estudiando mecanismos de falla estructural y, fundamentalmente, reduciendo la probabilidad de colapso y de pérdidas humanas. Algo que lleva muchísimo tiempo de análisis, comprensión de los mecanismos dinámicos estructurales, la tecnología de los materiales y que va mucho más allá del uso de algún programa de cálculo estructural. Implica el entendimiento que en el diseño estructural se juega el patrimonio y la seguridad de las personas. De este modo, las palabras deben ser precisas y concretas para no desinformar ni sembrar pánico. Mas bien deben generar conciencia sobre la importancia de aceptar las reglas de juego de nuestro entorno natural.

Por ello, la mejor normativa pierde eficacia cuando una construcción se ejecuta sin proyecto, se modifican elementos estructurales sin intervención profesional, se utilizan materiales inadecuados o se construye sin la participación de ingenieros especializados. En ese punto aparece una cuestión fundamental, la vulnerabilidad.

FENÓMENO NATURAL NO ES SINÓNIMO DE DESASTRE

En este punto conviene diferenciar dos términos usualmente usados como sinónimos. Una inundación, un sismo o un deslizamiento de suelo son fenómenos naturales. El desastre aparece cuando ese fenómeno entra en contacto con una sociedad expuesta y vulnerable, superando tanto su preparación como su capacidad de respuesta. Esta distinción es esencial.

Una crecida extraordinaria puede maravillarnos al contemplarla desde un lugar seguro y difícilmente sea considerada un desastre social. Cada vez que crece un rio la gente se detiene en los puentes atestiguando ese fenómeno impactante. Sin embargo, la misma crecida atravesando un barrio construido sobre una zona inundable puede provocar pérdidas de viviendas, infraestructura, bienes y vidas humanas. El fenómeno es exactamente el mismo. Lo que cambia es nuestra relación con él.

Por eso, la verdadera discusión no debería ser solamente si una determinada obra "resiste" o "protege". La pregunta de fondo es qué riesgo estamos dispuestos a aceptar, dónde estamos construyendo, cómo estamos construyendo y qué consecuencias estamos dispuestos a asumir cuando ocurre un evento extremo. Por lo tanto, la conciencia ciudadana de los fenómenos es determinante.

Claramente, una sociedad que conoce su entorno natural toma mejores decisiones y controla (por el bien de todos) que cada uno de sus integrantes haga lo mismo. Si conocemos la amenaza sísmica de una región, podemos exigir que las construcciones respeten los reglamentos sismorresistentes y el conocimiento de la ingeniería estructural. El caso de Mendoza y San Juan es un ejemplo de cultura sísmica donde cada miembro de la comunidad sabe cómo actuar ante un evento. La prevención comienza mucho antes de colocar hormigón, acero o cualquier otro material.

COMPRENDER ES SINÓNIMO DE PREVENIR

Tal vez sea tiempo de revisar también las palabras con las que hablamos de prevención. No existen obras capaces de vencer a la naturaleza ni construcciones absolutamente "anti-fenómeno". Existen conocimiento, planificación, ingeniería, mantenimiento y controles capaces de reducir el riesgo.

La ciencia nos permite entender cómo funciona la naturaleza. La ingeniería transforma ese conocimiento en soluciones. El Estado debe planificar y controlar. Los profesionales deben asumir su responsabilidad técnica. Y la sociedad debe comprender que sus decisiones (dónde construye, cómo construye y cómo mantiene lo construido) también determinan el nivel de riesgo al que está expuesta. Porque un fenómeno natural es un desastre solo cuando encuentra una sociedad vulnerable.

El fenómeno natural nunca está bajo nuestro control. El riesgo, en cambio, puede y debe ser gestionado. Aceptar esta realidad no significa resignarse frente a la naturaleza sino respetarla, conocerla y actuar en consecuencia. Significa entender que no podemos eliminar todos los peligros, pero podemos reducir nuestra exposición, nuestra vulnerabilidad y aumentar nuestra capacidad de respuesta.

En definitiva, los ingenieros nunca luchamos contra la naturaleza. Buscamos comprender sus reglas, respetar sus límites y construir dentro de ellos una sociedad más segura. Porque la naturaleza seguirá haciendo lo que siempre hizo. La verdadera cuestión es qué tan preparada estará nuestra sociedad cuando ocurra un fenómeno natural.

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